La depresión

Es importante no confundir tristeza con depresión. La primera es una emoción natural y pasajera que nos permite superar ciertos sucesos acontecidos en nuestra vida, mientras que la depresión es un estado más permanente (donde también hay tristeza) en el que nos encontramos encallados y del que no nos vemos capaces de salir por nosotros mismos.

Desde el punto de vista clínico la depresión viene caracterizada por el cansancio y pérdida de energía, sentimiento de inutilidad, abandono, rechazo de sí mismo, sentimientos de culpabilidad, desesperanza, inactividad, incapacidad de sentir placer, estado bajo de ánimo, alteraciones del sueño, aumento o pérdida del apetito, irascibilidad, dificultad para concentrarse, movimientos más lentos o más rápidos de lo habitual e incluso a veces pensamientos sobre la muerte.

Cuidar a una persona que está viviendo una experiencia depresiva no es tarea fácil. Los familiares y amigos más cercanos tienden a contagiarse de este estado de ánimo y en algunos casos se distancian. A veces ocurren ambas cosas de forma sucesiva; primero la cuidan y acompañan, pero cuando empiezan a sentir también ellos la tristeza y el malestar se alejan de ella como una forma de protegerse dejándola sola. Entonces aparece la sensación de abandono, lo que intensifica aún más su sufrimiento. Este ambiente gris y pesado transcurre día tras día alrededor de la persona deprimida, por lo que surgen los sentimientos de impotencia y desesperanza tanto en ella como en los que la rodean. Se crea un ambiente cerrado que atrapa a las personas que lo viven y del que es muy difícil salir sin la ayuda de un psicólogo.

Desde una visión fenomenológica y relacional la depresión está determinada por el abandono del propio deseo de ser deseados (queridos, amados) por “el otro”. Es la pérdida de la esperanza de que otra persona se interese y desee realmente estar y contactar con nosotros lo que nos lleva a desarrollar gran parte o toda la sintomatología nombrada. Hemos renunciado a la posibilidad de mantener una relación satisfactoria (afectiva, comprometida) con otra persona, y esto nos aboca a un callejón que parece no tener salida y a un intenso sentimiento de soledad, aunque nos encontremos entre otras personas. El mundo se vuelve insulso, gris, vacío. Se suelen recibir con buena intención consejos instándonos a que salgamos, nos divirtamos, nos relacionemos, practiquemos deporte, etc. En suma, a que hagamos aquello que no podemos o no estamos inclinados a realizar y que en todo caso no somos capaces de disfrutar. Lo que nos puede hacer sentir culpables, avergonzados, incomprendidos, ansiosos e incluso desesperados.

No hay soluciones milagrosas que funcionen para todos ya que cada persona tiene su propia experiencia depresiva, sin embargo, existe la posibilidad de salir de ese profundo agujero con un otro (psicólogo) que nos acompañe, nos comprenda y sea capaz de facilitarnos las condiciones necesarias que nos permitan encontrar nuestro propio camino para recuperar la esperanza y el deseo perdidos. Y con ello el interés por la vida y la alegría que esto comporta.

                                                                                                                                                                                            

Josep Fornas, psicólogo en Vinaròs